Hey Bear! – Denali National Park

Zenith Adventure Media · September 23, 2015 · Lifestyle, People, Stories, Travel & Adventure · 0 comments

– ¡MIERDA!

 

Sabía que mi hermano Nacho no era ningún santo, pero también me queda claro que no es uno de esos tipos que van soltando groserías por doquier, así que cuando volvió a repetir MIERDA giré para verlo con cara de desconcierto.
– ¿Qué pedo? ¿Qué pasa? – le pregunté.
– Mierda, güey, ¡caca! ¡De Oso!

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Llevábamos 3 días en el Parque Nacional de Denali. Nuestro permiso de entrada era de back country, eso quiere decir que primero te subes al camión que te adentra en el parque. Después, te bajas en alguno de los 49 sectores en los que se dividen esos 24.585 km² y caminas y caminas, lejos de todo, cerca de la nada. Las reglas son simples:

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1. No puede haber más de 12 personas por sector, así que tu posibilidades de encontrarte con alguien más son bajas, casi nulas.

2. Esta prohibido moverte a menos de medio kilometro del camino, eso implica, siempre alejarte del único rastro de civilización.

3. No importa que tan lejos estés del camino, si alguien te puede ver desde camión debes alejarte más y meterte detrás de una montaña.

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El Denali National Park es un verdadero paraíso de la naturaleza en su estado más respetado. Y para los que no lo saben, en el paraíso viven muchos osos grizzlis.

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¡Mierda…!, contesté yo, ahora sí usando la palabra como expresión y no solo como el producto fecal al que mi hermano se refería. Ese día llevábamos caminando cerca de 5hr con un chingo de kilos encima. 2 contenedores de comida para protegerla de los osos, una caña de pescar, comida para 4 días, casa de campaña, sleepings, ropa, chamarras y el pesado cuerpo de una 5D más 4 lentes y un flash. Esos días en el parque éramos todo menos ágiles y veloces, así que cuando nos encontramos ahí, a tres horas de camino, frente a continuos montones de caca de oso, moviéndonos extremadamente lento entre densos arbustos de berries, nos pasó lo que a los osos les había pasado horas antes en ese mismo lugar. Nos cagamos.

A lo largo de ese viaje habíamos tenido muy claro que lo último que queríamos hacer era sorprender a un oso mientras comía o cuidaba a sus crías. Habíamos escogido cuidadosamente sectores con altas planicies y amplios pastizales para evitar entrar a los terrenos más peligrosos como son justamente los arbustos de berries. Berries, más arbustos densos, más lugares poco altos… Por un error de ruta y experiencia nos encontramos caminando justo ahí, en las circunstancias exactas que habíamos intentado evitar. Para colmo, ahora el cielo retumbaba y se veía la fuerza de una tormenta acercarse con velocidad. Las cosas no podían estar peor, estábamos verdaderamente cansados de caminar, nos asechaba una tormenta y nos movíamos muy lentamente por un claro territorio de osos.

 

Abriéndonos paso con las bultosas mochilas y varios tropezones después, por fin salíamos de esa tenebrosa jungla de berries (ya sé que suena patético, tendrían que estar ahí para descubrir el miedo que un montón de arbustos pueden inyectar en tí) y ahora solo teníamos que llegar a un lugar lo suficientemente seguro como para instalar el campamento. No éramos idiotas, no íbamos a dormir cerca de esas berries. El objetivo se definió como la parte alta de una meseta que se veía aproximadamente a un kilómetro de nosotros. Agotados, sin agua y sin haber comido, caminamos y caminamos, subimos y subimos, tratando de ser más veloces que la tormenta que ya goteaba sobre nosotros.

 

Y así, de repente, como pasas en las exageradas películas de Hollywood (podría jurar que las cosas pasaban en cámara lenta y había una épica canción de fondo), llegamos a la cima de esa pequeña montaña. La espeluznante y feroz tormenta se disipó, dejando solo la maravillosa luz que las procede y descubriendo al monte McKinley ante nosotros, en una de las vistas y las experiencias más bellas que he tenido en mi vida. Estaba en un lugar mágico, en un momento único, con la luz más bella que puede pegar en esta tierra y con una de las personas que más quiero en el mundo.

 

No podía pedir nada más… Bueno, sí. Una foto.

 

Texto y fotografía por Benjamin Soto.

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